lunes, 9 de junio de 2008

Visita al patio quinto

NOTA: El siguiente escrito fue publicado con anterioridad en http://www.elsalmon05.blogspot.com/, un blog amigo. Para esta ocasión deseaba completarlo, pero, por actuales circunstancias personales me ha sido imposible. Sin embargo, espero con esta primera parte sembrar la semilla del interés en quienes lo lean y así aguarden con buena espectativa el desenlace del relato.


VISITA AL PATIO QUINTO

PRIMERA PARTE



Cinco de noviembre de 2006.
8:30 a.m.

Uno a uno nos íbamos reuniendo frente al Centro Penitenciario de la 40. Intermitentes, algunos rayos del sol matutino se escapaban por los hoyos de las nubes y llegaban directo a nuestros ojos soñolientos mientras esperábamos el avance de la fila de ingreso.


Con la fundada incertidumbre por su seguridad, ya el dinero y demás objetos de valor habían sido guardados en un pequeño local contiguo a la cárcel en donde además alquilaban sandalias y faldas para las mujeres visitantes. Éramos diez personas. Nueve estudiantes de tercer año de derecho y el maestro orientador de la asignatura penal. Para nosotros, una experiencia nueva en nuestra corta vida; para él, el pan de cada día.

Quien quisiera entrar debía someterse a registro completo de datos personales, presentación de documento de identidad, sello de visitante, sello invisible, requisa corporal completa, decomiso de correas y objetos contundentes, entre otras medidas.

-Es por su seguridad –Afirmaban los guardias-.



Realizados estos procedimientos a la totalidad del grupo, nos hallamos listos para probar un poquito del obligado mundo cotidiano de más de un centenar de asesinos, extorsionistas, secuestradores, atracadores y traficantes de estupefacientes. La humedad y el frío del pasillo conducente al patio quinto coadyuvaban a aumentar la ansiedad creciente. El murmullo parecido al de una escuela primaria en pleno recreo se hacía cada vez más nítido. Podíamos divisar a través de los largos ventanales ubicados en la parte superior de la pared el cielo que en un momento compartiríamos con aquellos condenados. El encuentro era ya inevitable. Traspusimos la última puerta y como si tuvieran un mecanismo de resortes incorporado a su humanidad nos hicieron corillo rostros inclementes, sin darnos tiempo siquiera de parpadear.

Imagen: Google.