sábado, 12 de mayo de 2012

La misma historia

En un ejercicio de escritura, un profesor nos propuso a sus estudiantes el reto de terminar un relato a partir de un texto por él sugerido. El texto sugerido es el resaltado, el restante la terminación de quien escribe:

Había una atmósfera de felicidad en sus rostros. El aire frío que los envolvía no era pretexto para abandonar la tarea que les consumía sus mentes y les alegraba su espíritu académico, sentimental y humano. La tarde era calmada y el ambiente invitaba a seguir internándose en la profundidad de lo que se decía con insinuada provocación. Nunca, hasta ese momento, ambos habían indagado tanto en los intereses del otro. Así que solo hasta ese instante surgía en sus estómagos aquella sensación, por muchos descrita como "mariposas revoloteantes", pero que para ellos se manifestaba como el vértigo de la levedad cuando un automóvil toma a toda prisa una pendiente muy pronunciada.

-Hace muchísimo tiempo esto no me ocurre-, pensaron. 

Aquel pensamiento se convirtió en una cavilación tan profunda que solo al cabo de un rato, dieron un respingo simultáneo cuando observaron en ojos ajenos los sentimientos propios. La escena era en verdad incómoda. Inclusive ridícula. Eran sus sueños materializados y reflejados estúpidamente en un espejo de carne y hueso.

Él, había escrito un poema en primera persona del singular sobre un chico haciendo una declaración sincera; se había imaginado mil veces en el lugar del chico realizando tal declaración y relataba de memoria un cuento sobre las oportunidades perdidas, por lo tanto, tenía claro como el cristal de sus anteojos, que este era su momento de triunfo, sus segundos de gloria y se encontraba ante su motivo para darle sentido a la vida. Como en otras ocasiones, tantas otras malditas ocasiones, su cuerpo no obedeció a los impulsos de su deseo y su corazón. Ganó la razón. Sus comentarios restantes se limitaron solo al campo académico.

Ella, se situó en el lugar de la protagonista de su novela preferida. Aquella novela de una escritora española que vendía cualquiera de sus libros puestos en los estantes de las librerías como si fueran  pan recién salido del horno e iban a parar bajo los brazos de quinceañeras  romanticonas  que aún soñaban con la certeza del amor. Ella, sabía que estos "best sellers" no constituían el súmmun  de la literatura y que sus quince primaveras habían pasado hace varios otoños, sin embargo, su identidad con aquel personaje la sobrecogía hasta el espanto. Por lo tanto, tenía claro como el transparente de su esfero, que este era su momento de triunfo, sus segundos de gloria y se encontraba ante su  motivo para darle sentido a la vida. Como en otras ocasiones, otras tantas malditas ocasiones, su cuerpo no obedeció a los impulsos de su deseo y su corazón. Ganó la razón. Los comentarios restantes se limitaron al campo académico.

Una vez terminada la sesión, se despidieron con un apretón de manos instantáneo e infinito. Se dieron la espalda y se perdieron en la bruma tenue de una noche incipiente pero perpetua. La noche de ambos.