domingo, 22 de mayo de 2011

Cuando mi reflejo no me corresponde


"...Guillermo Tell, tu hijo creció,
quiere tirar la flecha,
le toca a él probar su valor,
usando tu ballesta..."

ANA Y JAIME, Guillermo Tell.



La ambición corroe a los seres humanos, soy ser humano, por lo tanto soy ambicioso. Yo ambiciono, tu ambicionas, el ambiciona, ella ambiciona, ustedes ambicionan; nosotros, todos ambicionamos. ¿Les parece un párrafo demasiado ambicioso? ¿Les parece un párrafo grotesco? Porque a mí no me parece ni ambicioso ni grotesco. Permítanme mostrarles una realidad que sí lo es:


Desde que nacemos debemos enfrentar un mundo hostil, inmenso e inhóspito, habitado por seres en realidad extraños. Es cierto, estos seres nos engendran y conciben, nos alimentan y procuran nuestro bienestar, nos dan muchas muestras de amor. Sin embargo, en mis momentos de lucidez, cuando mi espíritu se conecta con las verdades universales, mi pensamiento vislumbra una premisa inapelable, que debería ser escrita en mármol, altorrelieve y letras de oro: OJALÁ NO NOS AMARAN TANTO ¿Por qué? Porque el amor está pletórico de dolor. Y ellos en su papel de buenos padres que enseñan con el ejemplo, lo hacen gustosos desde un principio, nos aman dolorosamente ¿O acaso a quién no le ha ocurrido que, contando apenas sus primeros segundos de vida, lo ponen cabeza abajo, recibe sus primeros golpes, llora por primera vez, sufre ante el agobio de la indefensión y como consuelo por tal maltrato, solo escucha a su alrededor risas incontenibles, sinceras carcajadas llenas de lágrimas?


Lo dicho, el amor duele, y me canso de comprobarlo:


Ejemplo número uno; los hommo sapiens primitivos, o sea nosotros hace algunos años, conquistaban su pareja por medio de garrotazos y jaladas de pelo.


Ejemplo número dos; un corazoncito roto con una flechita clavada es el dibujo predilecto de gran cantidad de personas. Cuando no lo plasman en cuadernos, lo hacen en los brazos o lo sienten en carne viva dentro del pecho.


Ejemplo número tres; la música popular parece no encontrar argumentos distintos. Amor, dolor, engaños, desengaños, ilusiones, desilusiones y muchos etcéteras respectivos.


Ejemplo número cuatro; parece ser la regla general, que las dudas suscitadas entre los prospectos para formar una pareja, sean resueltas a favor de quien sea más posesivo, dominante y en cierto modo agresivo con su congénere.


Ejemplo número cinco; infinidad de abusos son soportados a diario dentro de los hogares. Tanto es así, que el saber popular me da la razón en una frase agramatical pero entendible, "porque te quiero te apórrio".


Con la esperanza de no haber aporreado demasiado el lenguaje con lo anterior, el resto del discurso se centrará en el siguiente, pero, no último caso:


Ejemplo número seis; el proceso educativo es un símil casi perfecto de la procesión hecha por el Redentor de los cristianos al Monte Calvario, pues en ambos casos los sacrificados deben expugnar cargas ajenas que van en detrimento de su propia humanidad.


Para dar claridad al anterior caso, procuraremos cavilar sobre algunos aspectos de notoria relevancia:


Alberto Cortéz, artista argentino, en su canción Callejero, pregona sobre su cuadrúpedo amigo "...digo nuestro perro porque lo que amamos, lo consideramos nuestra propiedad...". Hasta este punto, esta sana propiedad a la que se refiere Alberto, denota gran cariño hacia un animal presto a retribuirlo con creces. Nada malo. Sin embargo, esta escena paradisiaca se pervierte cuando entra en escena la ya mencionada ambición y nuevos unos nuevos "objetos de propiedad", los hijos. En este instante, los padres deberían seguir lo dispuesto por los ancianos de nuestra sociedad: ¡Despiérten, los hijos son prestados por un ratico nada más! ¿Imaginan a cuántos humanos haría felices la aplicación de este principio básico? Lástima quie nadie aprende en cabeza ajena.


Contrario al deber ser, nuestra especie es creyente ciega en la plabra divina que nos enviste de facultades superiores por estar hechos a Su imágen y semejanza. Por lo tanto, como la magna obra debe perpetuarse en el tiempo y no puede ser parangón de estancamiento, con serena naturalidad los progenitores ponen en práctica su derecho absoluto de decidir en la vida de sus descendientes próximos, determinándolo todo: aptitudes, actitudes, carácter, estilo de vida, convivencia en pareja, gustos, formación, todo. Ahora, está bien que los padres quieran con fines altruistas, proveer una digna vida a sus hijos, nadie lo niega, pero este derecho natural debe ir hasta donde empiezan los derechos del menor, pues no se puede convertir la preocupación paternal en un síndrome amigo de la sinrazón.


De nuestros padres recibimos el color de los ojos, lo rizado del cabello, la altura, lo aguileño o respingado de nuestra nariz, la tonalidad de nuestra voz ¿Y algo más? Y un poco más; recibimos la instrucción, la educación, las virtudes y valores ¿Y algo más? Y un poco más; el amor o el desamor, el cariño o el desprecio, y dependiendo de si estamos en uno u otro terreno de los últimos, nos ubicaremos en la posición de Héctor Abad Faciolince con su obra El olvido que seremos, o en la posición de Franz Kafka con su Carta al padre. Pero en todo caso, la influencia positiva o negativa de los padres en nuestras vidas es innegable.


Como innegable es también, que al momento de ser cortado el cordón umbilical y respirar por tan siquiera un segundo, obtuvimos personalidad y existencia propias para cumplir una única y superior tarea en el mundo: ser felices. Y este estado preciado solo puede lograrse viviendo cada instante como si fuera el último de nuestra existencia -carpe diem-, este estado solo puede lograrse en medio de la plenitud que brinda el desempeñar un oficio escogido por voluntad propia y no por influencia ajena.



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