viernes, 13 de marzo de 2015

PÍLDORA PARA LA MEMORIA

PÍLDORA PARA LA MEMORIA: Recordemos de una pluma de excelente fuente, quién es Fernando Londoño Hoyos, ex "Ministro de la Injusticia" del primer período de Álvaro Uribe Vélez, este último ex, quien hoy atenta contra la libertad de cátedra de los educadores de la Universidad Libre en Pereira, al lanzarse feroz en defensa de su pupilo, el primer ex, es decir, Londoño Hoyos, quien a su vez, se atreve a terminar su diatriba "Maldita tutela" (fíjense la "t" minúscula) de la descarada manera...  "¡Hay tanto buen sitio para guardar fortunas mal habidas!". Tamaño rabo de paja. Lo dice por experiencia propia, veamos: 



LA VIDA ES UNA FIESTA


5 de enero de 2003

Columna que debió ser publicada el 22 de diciembre del año 2002 en la página de opinión de El Espectador, que dio origen a la censura definitiva.

Nota previa:

Lamento informar a ustedes que El Espectador decidió prescindir de mi columna. Lo hizo a través de una llamada de su nuevo director, que recibí hoy lunes, 23 de diciembre, a las 2 de la tarde. Mi último artículo no fue publicado. Ante la posibilidad de que la medida del periódico obedezca al contenido de este último, me gustaría que usted llegara a sus propias conclusiones, por lo cual se lo remito en el archivo adjunto.

Entiendo que en Colombia la libertad de prensa está en peligro, mientras que, frente a la información, la libertad de empresa sigue haciendo de las suyas. No quiero que se piense en mí como en una víctima de la represión de los poderosos grupos económicos que hoy nos manejan, ni como un cordero sacrificado en el altar del unanimismo.

Soy, simplemente, una voz independiente que ha sido censurada.

Cordialmente,

Fernando Garavito.


LA VIDA ES UNA FIESTA

El 15 de octubre del año 2001 el representante Hernando Carvalho le dirigió a Luís Alberto Moreno, embajador de Colombia ante el gobierno de los Estados Unidos, una carta perentoria. En ella le decía que, según noticias publicadas en Miami, Bogotá y Quito, el congresista Ronald Andrade había presentado en el Ecuador una demanda penal contra los miembros del directorio del Banco del Pacífico en los años de 1998 y 1999, acusándolos de aprobar y presentar estados financieros falsos, ocultar a las autoridades la verdadera situación del Banco, y alterar en forma fraudulenta hechos de los cuales la Superintendencia del Ecuador debería estar informada. Carvalho sostuvo que, como presidente de ese directorio, Moreno tendría que responder ante las autoridades de dicho país y, eventualmente, ir a prisión, tal como había sucedido con el ministro de Economía, Jorge Emilio Gallardo, a quien la Corte le había dictado medida de aseguramiento consistente en prisión preventiva. El delito de Gallardo, en ese entonces presidente del Banco, consistía en haber aprobado un fideicomiso por 78 millones de dólares, a favor de los accionistas. Carvalho puso en evidencia al embajador. Usted - le dijo - "me respondió en tres oportunidades que los antiguos accionistas habían perdido toda su inversión, siendo así que el fideicomiso demuestra lo contrario". Ante la ausencia absoluta de una Cancillería, Carvalho le pidió la renuncia a Moreno. Este debió morirse de la risa.

Pero esta es sólo la tapa de esa olla podrida. A lo largo de la investigación se demostró que la intención del embajador había sido la de montar un emporio financiero con base en una empresa, la Westfear, de los Estados Unidos. Para ello contó con la complicidad de Luis Fernando Ramírez, ministro de Defensa de Andrés Pastrana, y de Jacky Bibliowicz, el cerebro de varias operaciones destinadas a enriquecer por debajo de cuerda al príncipe y a sus conmilitones. Dentro de ese propósito, Moreno, Ramírez y Bibliowicz, actuando en nombre propio y, posiblemente, como testaferros, lograron controlar el Banco del Pacífico en el Ecuador. En el año de 1998, cuando comienza la cadena de delitos, Bibliowicz fue miembro del directorio y Moreno presidente del mismo.

El Banco tenía una filial en Colombia. Moreno y Ramírez lograron entonces que la superintendente bancaria de Pastrana, Sara Ordóñez, ordenara fusionarla con el Banco Andino. Aquella no tenía liquidez alguna, lo que llevó a que fuera intervenida. Sin importarle para nada ese pormenor, la directora de Impuestos, Fanny Kertzman, en una acción típicamente antijurídica y culpable, permitió recaudar allí las contribuciones que hicieron en esa época millones de colombianos. Con la autorización entre el bolsillo, Moreno y Ramírez organizaron una campaña publicitaria en la que ofrecieron el oro y el moro a quien pagara en su entidad. Lograron recaudar 110 millones de dólares, con los que se dedicaron a conceder préstamos preferenciales a los socios de las compañías en que tenían intereses. El presidente de la junta directiva era el señor Fernando Londoño, quien debió cohonestar la totalidad de las maniobras. Todo lo cual terminó por desfalcar a los colombianos en una suma que puede calcularse en 35 o 36 millones de dólares. Dinero suyo. Dinero nuestro. Dinero mío.

Pero, como siempre ocurre, todos terminaron por lavarse las manos. El presidente de la Junta, señor Londoño, es hoy el poderoso ministro de la InJusticia. El señor Moreno fue ratificado como embajador de Colombia en los Estados Unidos, cargo desde el cual cuida juiciosamente el buen suceso de sus empresas. La señora Ordóñez fue premiada con un ministerio del que no sabía ni pío. Y la señora Kertzman fue nombrada embajadora de Pastrana en Canadá y ratificada por su excelencia.

Así, la vida es una fiesta. Pero no sobraría saber qué piensan de todo esto las cancillerías ante las cuales nuestros elegantes delincuentes de cuello blanco deben presentarse todos los días. 

Hasta aquí el artículo.


POST SCRIPTUM: Cualquier parecido con el caso AGROINGRESO SEGURO, en cabeza de Andrés Felipe Arias (alias "Uribito"), es pura coincidencia, estos personajes hacen parte de la ficción que habita en el imaginario colectivo colombiano, que todo lo olvida.



POST POST SCRIPTUM: Wikipedia, al parecer, es alimentado por personas de extrema izquierda, para la muestra un botón: -¿o habrá algo de cierto en lo que dice?-

http://es.wikipedia.org/wiki/Fernando_Londo%C3%B1o

sábado, 12 de mayo de 2012

La misma historia

En un ejercicio de escritura, un profesor nos propuso a sus estudiantes el reto de terminar un relato a partir de un texto por él sugerido. El texto sugerido es el resaltado, el restante la terminación de quien escribe:

Había una atmósfera de felicidad en sus rostros. El aire frío que los envolvía no era pretexto para abandonar la tarea que les consumía sus mentes y les alegraba su espíritu académico, sentimental y humano. La tarde era calmada y el ambiente invitaba a seguir internándose en la profundidad de lo que se decía con insinuada provocación. Nunca, hasta ese momento, ambos habían indagado tanto en los intereses del otro. Así que solo hasta ese instante surgía en sus estómagos aquella sensación, por muchos descrita como "mariposas revoloteantes", pero que para ellos se manifestaba como el vértigo de la levedad cuando un automóvil toma a toda prisa una pendiente muy pronunciada.

-Hace muchísimo tiempo esto no me ocurre-, pensaron. 

Aquel pensamiento se convirtió en una cavilación tan profunda que solo al cabo de un rato, dieron un respingo simultáneo cuando observaron en ojos ajenos los sentimientos propios. La escena era en verdad incómoda. Inclusive ridícula. Eran sus sueños materializados y reflejados estúpidamente en un espejo de carne y hueso.

Él, había escrito un poema en primera persona del singular sobre un chico haciendo una declaración sincera; se había imaginado mil veces en el lugar del chico realizando tal declaración y relataba de memoria un cuento sobre las oportunidades perdidas, por lo tanto, tenía claro como el cristal de sus anteojos, que este era su momento de triunfo, sus segundos de gloria y se encontraba ante su motivo para darle sentido a la vida. Como en otras ocasiones, tantas otras malditas ocasiones, su cuerpo no obedeció a los impulsos de su deseo y su corazón. Ganó la razón. Sus comentarios restantes se limitaron solo al campo académico.

Ella, se situó en el lugar de la protagonista de su novela preferida. Aquella novela de una escritora española que vendía cualquiera de sus libros puestos en los estantes de las librerías como si fueran  pan recién salido del horno e iban a parar bajo los brazos de quinceañeras  romanticonas  que aún soñaban con la certeza del amor. Ella, sabía que estos "best sellers" no constituían el súmmun  de la literatura y que sus quince primaveras habían pasado hace varios otoños, sin embargo, su identidad con aquel personaje la sobrecogía hasta el espanto. Por lo tanto, tenía claro como el transparente de su esfero, que este era su momento de triunfo, sus segundos de gloria y se encontraba ante su  motivo para darle sentido a la vida. Como en otras ocasiones, otras tantas malditas ocasiones, su cuerpo no obedeció a los impulsos de su deseo y su corazón. Ganó la razón. Los comentarios restantes se limitaron al campo académico.

Una vez terminada la sesión, se despidieron con un apretón de manos instantáneo e infinito. Se dieron la espalda y se perdieron en la bruma tenue de una noche incipiente pero perpetua. La noche de ambos.

miércoles, 29 de junio de 2011

Franz Kafka, un recorrido desde su humanidad hasta su obra.




Dos meses antes de su muerte en 1924, Franz Kafka le expresó en una frase testamentaria a su entrañable amigo, Max Brod, acerca de su obra literaria,



Todo lo que se encuentre al momento de mi muerte, debe ser quemado sin leerse.







Brod, tomó la sabia determinación que beneficiaría a la humanidad entera, desobedeciendo la perentoria orden. Para justificar su decisión, arguyó con una conversación que ellos mismos tuvieran tiempo atrás:



—Mi testamento será muy sencillo. En él te pido que lo quemes todo, me dijo Franz.



Todavía recuerdo exactamente lo que le respondí en aquella ocasión:

—Si me encargas seriamente eso, te digo desde ahora que no cumpliré tu ruego. Toda la conversación se llevó a cabo en el tono de broma que nos era habitual, pero, sin embargo, con esa secreta seriedad que siempre estaba supuesta entre nosotros. Si Franz hubiera estado verdaderamente persuadido de que me negaría a cumplir su voluntad y si hubiera tomado esas disposiciones verdaderamente en serio y con un carácter definitivo, habría designado otro ejecutor testamentario.








Max Brod






Personalmente, creo que en el fondo, Kafka quería que su obra fuera publicada, así sus palabras dijeran lo contrario. Inclusive, sus hechos denotaban que no deseaba que se cumpliera lo que le expresó a su amigo, porque de lo contrario ¿por qué no quemó todos sus cuentos y novelas él mismo? Sobre el por qué no se atrevió nunca a publicarlas en vida, se explica con un mal que ha afectado a muchos escritores desde siempre: un temor visceral a la exposición irrestricta de su intimidad.

La literatura ha sido catalogada per se como un oficio inútil. Esto se dice, claro está, de la literatura publicada y por lo tanto conocida por gran cantidad de personas. Entonces surgen otras preguntas, ¿qué se puede decir de obras que nunca salen a la luz pública? ¿Para qué le pudieron haber servido sus libros a Franz Kafka en el anonimato eterno?



Hay dos apartes de pensadores que se refieren a Franz y que por medio de sus frases, responden bastante bien a nuestras cuestiones. En primer lugar, Marthe Robert dice,


Kafka no es uno de esos poetas antiguos cuyo canto respondía a las necesidades y aspiraciones de todo un pueblo: es un escritor de hoy día, aislado, en medio de un mundo en el cual hace mucho que la literatura no tiene una función definida, y por consiguiente sin responsabilidad ni misión, libre por su misma inutilidad.



En seguida, citando de nuevo a Max Brod, nos complementa,



El hecho de que a pesar de todo su obra pudiera constituir un poderoso auxiliar para aquellos que aspiraban a la fe, a la naturaleza y a una perfecta salud del alma, no le preocupaba en modo alguno, pues buscaba para sí mismo con implacable seriedad el buen camino y quería mas aconsejarse a sí mismo que aconsejar a los demás.



Osando fusionar los dos anteriores en un solo pensamiento, me atrevo afirmar que Kafka era en realidad una persona muy egoísta, muy egotista; lo era así porque era el único trato que sentía recibir por parte del mundo extraño que lo rodeaba. Pagando entonces tanta carencia de humanidad con la misma moneda. Su auto referencia en primera persona nos lo confirma, cuando él mismo afirmó en muchas ocasiones,



Soy un hombre cerrado, taciturno, poco sociable, descontento, sin que todo ello constituya una infelicidad para mí, ya que es solamente el reflejo de mi meta. De mi modo de vivir en casa se puede sacar alguna deducción. Vivo en familia con personas bonísimas y afectuosas, más extraño que un extraño. Con mi madre no he cambiado en estos últimos años más de veinte palabras de promedio al día; con mi padre, nada más que el saludo. Con mis hermanas casadas y mis cuñados no hablo en absoluto, sin que esto signifique que esté enojado con ellos. El motivo es sencillamente éste: no tengo absolutamente nada que decirles. Todo cuanto no es literatura me hastía y provoca mi odio, porque me molesta o es un obstáculo para mí, por lo menos en mi opinión.



Rebelde como todos los jóvenes, se puede notar no tenía punto de encuentro con aquello que le resultaba desagradable. Por tal razón, al parecer su ensimismamiento nunca cambió, por lo cual trazó con claridad su porvenir,




Contemplado desde el punto de vista de la literatura, mi destino parece bastante simple. El deseo de representar mi fantástica vida interior ha desplazado todo lo demás, y además la ha agotado terriblemente, y sigue agotándola. Ninguna otra cosa podrá jamás conformarme.




Como conducto de una catarsis necesaria para seguir viviendo con minimizadas angustias, empleaba Kafka a la escritura. Por medio de ella podía entonces sacar cuantas penas afligían su existencia. Así que, no al estilo de la caja de pandora –de una sola vez- sino con uno muy propio, poco a poco, fue exorcizando de sí mismo sus demonios en la medida que la tinta manchaba el papel con sus historias fantásticas. Prueba irrefutable de esto es su Carta al padre, la cual empieza,


Querido padre:
Una vez, hace poco, me preguntaste por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe contestarte nada, en parte precisamente por ese miedo que te tengo, y en parte porque en la argumentación de ese miedo entran muchos detalles, muchos más de lo que yo pudiera coordinar hablando. Y si ahora intento contestarte por escrito, mi respuesta resultará de todos modos muy incompleta, porque también al escribir me cohíben frente a ti el miedo y las consecuencias, y porque la magnitud del tema rebasa grandemente mi memoria y mi entendimiento
.






Hermann Kafka, padre de Franz.





Este primer párrafo apenas nos da una pequeñísima pero muy fuerte introducción a la gran fuerza con la cual escribía, natural en una persona que tiene tanta preponderancia a dejar fluir su parte sentimental. Precisamente esta es otra de sus características, el tocar temas tan profundos de una manera tan clara, tan diáfana; tal como si fuera un diálogo por su forma, pero tan profundo como un tratado filosófico. La persona que quizá mejor lo conocía y que estaba en privilegiada posición para interpretarlo –dadas sus aptitudes, pues fue escritor, crítico de arte y periodista- fue su ya nombrado mejor amigo, también de origen judío Max Brod. Acerca de este último tópico resaltado de Kafka dijo,



Su lenguaje es claro como el cristal y en su superficie no se nota más que la aspiración de expresar el objeto correcto y nítidamente. Sin embargo, bajo el vivaz fuego de este límpido arroyo idiomático, fluyen sueños y visiones de profundidad insondable.




Ahora, sobre la escritura de nuestro F.K. se podría decir mucho bueno y en realidad poco negativo. En lo personal, la considero simplemente genial e inigualable. En realidad, me falta muy poco para haber abarcado toda su obra, por lo tanto, con ello puedo decir –en mi humilde concepto de simple lector- que es densa pero envolvente y esto lo demuestra desde sus primeras líneas. Ejemplifiquemos con dos casos excepcionales:


a. La metamorfosis inicia así:



Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto.


Gabriel García Márquez, dice sobre este impactante inicio, que cuando lo leyó por primera vez, sintió una envidia profunda, pues no concebía que se pudiera lograr tal calidad en una sola frase. Dice además, en su autobiografía Vivir para contarla, que luego de esa lectura estuvo intentando como loco escribir algo por lo menos parecido, y que aunque no sea una obra maestra, pero que de tal impulso surgió su primer cuento, La tercera resignación.



Estanislao Zuleta, filósofo, escritor y pedagogo colombiano, dice también sobre el inicio de esta obra maestra:



Cuando uno abre La Metamorfosis y lee sus primeras líneas, hay que interpretar o cerrar el libro. Ahí no se llama a nadie a engaño.



Ésta reflexión la hace el maestro Zuleta dadas las múltiples interpretaciones que se ha hecho de esta obra de Kafka.



b. Veamos nuestro segundo ejemplo, tomado de su obra El proceso,



Alguien tenía que haber calumniado a Josef K, pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo.



Aquí se puede notar otra característica espléndida de su obra, y ella es el hecho de que desde el principio y con muy pocas palabras, dé basta cuenta sobre el resto de la historia. Sin embargo, aunque sepamos desde el primer momento de que tratará, jamás se llegará a un final siempre esperado, pero que es aplazado justo cuando se está más cerca de él. Esta característica la notó el gran Jorge Luis Borges en la obra de Kafka, de la siguiente manera,



Ahora bien, ese procedimiento que se llama regresus in infinitum, Kafka fue el primero, o uno de los primeros, que lo aplicó a la literatura.

Un último pero interesantísimo aspecto a resaltar en la obra de Kafka es el que concierne al mundo onírico, del cual tenía un manejo tremendo por su interés en el tema. Solía inclusive apuntar sus sueños los cuales después refería a las personas con quienes mantenía correspondencia,



La otra noche te soñé, es la segunda vez. Un cartero me traía dos certificadas tuyas y me entregaba una en cada mano con un movimiento magníficamente preciso de los brazos que saltaban como émbolos de una máquina a vapor. Eran cartas mágicas. Podía extraer cuantas hojas quisiera sin que los sobres jamás se vaciaran. Me encontraba a mitad de una escalera y estaba obligado, no te ofendas, a tirar sobre los escalones las hojas ya leídas si quería extraer más de los sobres. Toda la escalera de arriba a abajo estaba cubierta de manojos de hojas y el papel elástico, ligeramente sobrepuesto, enviaba un fuerte murmullo.



Este punto álgido, de verdad que le pone sazón a las obras de Franz. En algunas de ellas, como en La Metamorfosis, El castillo, El proceso y unos de sus cuentos, se puede uno deleitar en un estado maravilloso de ensueño (estado entre dormido y despierto) mágico, donde se difumina la línea entre lo real y lo imaginario.



Por las anteriores razones básicamente, es que Franz Kafka logró enamorarme de la literatura y en él encuentro un aliciente perfecto cada vez que el hastío me aleja de ella.


domingo, 22 de mayo de 2011

Cuando mi reflejo no me corresponde


"...Guillermo Tell, tu hijo creció,
quiere tirar la flecha,
le toca a él probar su valor,
usando tu ballesta..."

ANA Y JAIME, Guillermo Tell.



La ambición corroe a los seres humanos, soy ser humano, por lo tanto soy ambicioso. Yo ambiciono, tu ambicionas, el ambiciona, ella ambiciona, ustedes ambicionan; nosotros, todos ambicionamos. ¿Les parece un párrafo demasiado ambicioso? ¿Les parece un párrafo grotesco? Porque a mí no me parece ni ambicioso ni grotesco. Permítanme mostrarles una realidad que sí lo es:


Desde que nacemos debemos enfrentar un mundo hostil, inmenso e inhóspito, habitado por seres en realidad extraños. Es cierto, estos seres nos engendran y conciben, nos alimentan y procuran nuestro bienestar, nos dan muchas muestras de amor. Sin embargo, en mis momentos de lucidez, cuando mi espíritu se conecta con las verdades universales, mi pensamiento vislumbra una premisa inapelable, que debería ser escrita en mármol, altorrelieve y letras de oro: OJALÁ NO NOS AMARAN TANTO ¿Por qué? Porque el amor está pletórico de dolor. Y ellos en su papel de buenos padres que enseñan con el ejemplo, lo hacen gustosos desde un principio, nos aman dolorosamente ¿O acaso a quién no le ha ocurrido que, contando apenas sus primeros segundos de vida, lo ponen cabeza abajo, recibe sus primeros golpes, llora por primera vez, sufre ante el agobio de la indefensión y como consuelo por tal maltrato, solo escucha a su alrededor risas incontenibles, sinceras carcajadas llenas de lágrimas?


Lo dicho, el amor duele, y me canso de comprobarlo:


Ejemplo número uno; los hommo sapiens primitivos, o sea nosotros hace algunos años, conquistaban su pareja por medio de garrotazos y jaladas de pelo.


Ejemplo número dos; un corazoncito roto con una flechita clavada es el dibujo predilecto de gran cantidad de personas. Cuando no lo plasman en cuadernos, lo hacen en los brazos o lo sienten en carne viva dentro del pecho.


Ejemplo número tres; la música popular parece no encontrar argumentos distintos. Amor, dolor, engaños, desengaños, ilusiones, desilusiones y muchos etcéteras respectivos.


Ejemplo número cuatro; parece ser la regla general, que las dudas suscitadas entre los prospectos para formar una pareja, sean resueltas a favor de quien sea más posesivo, dominante y en cierto modo agresivo con su congénere.


Ejemplo número cinco; infinidad de abusos son soportados a diario dentro de los hogares. Tanto es así, que el saber popular me da la razón en una frase agramatical pero entendible, "porque te quiero te apórrio".


Con la esperanza de no haber aporreado demasiado el lenguaje con lo anterior, el resto del discurso se centrará en el siguiente, pero, no último caso:


Ejemplo número seis; el proceso educativo es un símil casi perfecto de la procesión hecha por el Redentor de los cristianos al Monte Calvario, pues en ambos casos los sacrificados deben expugnar cargas ajenas que van en detrimento de su propia humanidad.


Para dar claridad al anterior caso, procuraremos cavilar sobre algunos aspectos de notoria relevancia:


Alberto Cortéz, artista argentino, en su canción Callejero, pregona sobre su cuadrúpedo amigo "...digo nuestro perro porque lo que amamos, lo consideramos nuestra propiedad...". Hasta este punto, esta sana propiedad a la que se refiere Alberto, denota gran cariño hacia un animal presto a retribuirlo con creces. Nada malo. Sin embargo, esta escena paradisiaca se pervierte cuando entra en escena la ya mencionada ambición y nuevos unos nuevos "objetos de propiedad", los hijos. En este instante, los padres deberían seguir lo dispuesto por los ancianos de nuestra sociedad: ¡Despiérten, los hijos son prestados por un ratico nada más! ¿Imaginan a cuántos humanos haría felices la aplicación de este principio básico? Lástima quie nadie aprende en cabeza ajena.


Contrario al deber ser, nuestra especie es creyente ciega en la plabra divina que nos enviste de facultades superiores por estar hechos a Su imágen y semejanza. Por lo tanto, como la magna obra debe perpetuarse en el tiempo y no puede ser parangón de estancamiento, con serena naturalidad los progenitores ponen en práctica su derecho absoluto de decidir en la vida de sus descendientes próximos, determinándolo todo: aptitudes, actitudes, carácter, estilo de vida, convivencia en pareja, gustos, formación, todo. Ahora, está bien que los padres quieran con fines altruistas, proveer una digna vida a sus hijos, nadie lo niega, pero este derecho natural debe ir hasta donde empiezan los derechos del menor, pues no se puede convertir la preocupación paternal en un síndrome amigo de la sinrazón.


De nuestros padres recibimos el color de los ojos, lo rizado del cabello, la altura, lo aguileño o respingado de nuestra nariz, la tonalidad de nuestra voz ¿Y algo más? Y un poco más; recibimos la instrucción, la educación, las virtudes y valores ¿Y algo más? Y un poco más; el amor o el desamor, el cariño o el desprecio, y dependiendo de si estamos en uno u otro terreno de los últimos, nos ubicaremos en la posición de Héctor Abad Faciolince con su obra El olvido que seremos, o en la posición de Franz Kafka con su Carta al padre. Pero en todo caso, la influencia positiva o negativa de los padres en nuestras vidas es innegable.


Como innegable es también, que al momento de ser cortado el cordón umbilical y respirar por tan siquiera un segundo, obtuvimos personalidad y existencia propias para cumplir una única y superior tarea en el mundo: ser felices. Y este estado preciado solo puede lograrse viviendo cada instante como si fuera el último de nuestra existencia -carpe diem-, este estado solo puede lograrse en medio de la plenitud que brinda el desempeñar un oficio escogido por voluntad propia y no por influencia ajena.



lunes, 31 de enero de 2011

El Río.

Según la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca, este texto inédito de Fernando Garavito fue cedido por el autor a Tejido de Comunicación para que lo publicara en la revista "Carpintero", pero nunca se publicó; se conoce ahora que aparece en la red a través del correo electrónico.

EL RÍO

Cualquier día el río salió de las manos de Dios. Antes no existían las llanuras ni las montañas, y no había riberas ni vertientes, ni pequeños valles para que las aguas descansaran de su agitado ir y venir, ni precipicios para que cayeran en un abismo sin fondo. Entonces el río comenzó a ir a ciegas y a tropezar una vez y mil veces, a enredarse en sus propias aguas y corrientes y a avanzar por un camino sin retorno. Era la época en que las cosas apenas comenzaban y había terremotos y volcanes y los continentes navegaban por las aguas del mar como barcos abiertos con todas las velas desplegadas.

En medio de ese cataclismo el río llegó a todas las regiones, se cobijó bajo todos los cielos, fue él mismo bajo las aguas del mar y él mismo al subir a las cumbres nevadas a tratar de ser eterno bajo la mirada del sol. Fue entonces cuando nacieron los hombres que aprendieron a ir hasta sus orillas a cumplir oficios tan sencillos como descansar o jugar a la pelota, o inventarse lenguajes para poder hablar. Junto a él crecieron palabras transparentes como la palabra agua, o términos para soñar, como la palabra vuelo y la palabra camino, y también la palabra muerte que es el vuelo que no termina jamás. Poco a poco los hombres aprendieron a entrar en el río, a atravesarlo, algunos se aventuraron a ir un poco más allá de la primera curva, muchos se hirieron con las piedras del fondo o hundieron los pies en las arenas o sintieron entre las piernas la caricia estremecedora de las anguilas o se dejaron llevar por la corriente hasta los remolinos, donde terminaron por ahogarse asombrados ante la fuerza misteriosa del conocer y el conocerse. Así, el río fue la sed y fue el agua para saciarla, fue el viaje y el hecho de embarcarse, y la nave y el viento para correr entre las velas. Cierta vez uno de ellos quiso ir hasta el límite. Iba con la mirada que tienen los iluminados, el cayado y la brújula y un zurrón para llevar los alimentos y una honda para cazar y para defenderse del peligro. “Ya volveré”, les dijo a los demás, “cuando sepa qué existe más allá del allá, cuando vea con mis propios ojos qué esconden los meandros, y compruebe cómo las lianas dejan caer su línea dorada desde las copas de los árboles, para que en ellas las mariposas encuentren la forma de ser aéreas en su universo de colores.”

Entonces comenzó a pasar el tiempo hasta que todos lo olvidaron. De vez en cuando alguien tenía sobre él una memoria trémula, que no lograba precisar ni el por qué ni el para qué de un viaje, que en el oficio de los términos alguien llamó odisea, palabra que, tal vez, quiera decir viaje en el laberinto. Pasaron trescientos años, quizás uno más, uno menos, hasta que cierto día un hombre quiso entrar a una casa que no era su casa. En la mirada tenía la visión de las aguas profundas, y su barba estaba poblada de ramas secas y de arbustos, las orejas le habían crecido para oír los sonidos del mundo, y sus palabras decían cosas olvidadas por todos, como catalejo o astrolabio o rosa de los vientos. “Soy el que fui”, dijo el hombre ante los ojos asombrados de quienes recordaban haber oído hablar de él, como una leyenda, que venía desde el tiempo de los abuelos de los abuelos de sus padres. “No alcancé a llegar hasta el fin del mundo que es el sitio donde termina el río, pero en él conocí el fuego misterioso que abriga el corazón de la mujer, y fue en ese corazón donde me sumergí en un misterio infinito; estuve, también, con los cíclopes y con los unicornios; en la tribu de los reducidores de cabezas me senté al pie del estrado donde escriben los autores de dogmas y de doctrinas, y allí comprobé que sus palabras provocan cambios en el curso del río, que se ve obligado a buscar senderos donde el aire no esté contaminado, y vertientes donde no haya espejismos.” “He acumulado en mí –dijo el hombre– el conocimiento del mundo. Debo escribirlo para que quienes vengan después no pierdan esa memoria. Tal vez me demore doscientos años o más en terminarla, pero en ella estará todo lo que es necesario saber, desde la existencia de Dios, al que llamaré con todos los nombres conocidos, hasta los elementos, y las leyes de la física y de la botánica. Comprobaré que la Tierra es plana y que está en el centro de la creación, que el hombre es a su vez el centro de ese centro, y que su conciencia es la que impulsa lo creado y lo que aún está por crearse; describiré los animales, las categorías de los ángeles, los círculos del infierno; precisaré las leyes naturales y me extenderé sobre el trivium y el quadrivium, diré qué es verdad y, al hacerlo, le pondré fin a los cismas y a los sofismas, cualquiera tendrá sobre su mesa el río que recorrí palmo a palmo, al abrir sus páginas encontrará las selvas y las estrellas y oirá los vientos huracanados y las tempestades que se levantan en el centro del mar.” El hombre selló sus labios y se dedicó a su tarea.

En un comienzo todos veían la lucecita de su habitación encendida hasta la madrugada, pero poco a poco fueron olvidándolo mientras cada cual se dedicaba a sus asuntos, los campesinos a sembrar el trigo y a cosechar el milagro del pan en la cocina, los herreros a forjar las coronas del rey y las herraduras de las bestias, la muerte a distribuir las epidemias y a ahondar en el dolor y la miseria. Mucho tiempo después (como esta es una historia antigua ya nadie recuerda las fechas ni las anécdotas), un muchacho quiso atravesar el pueblo acortando camino por las habitaciones. Al abrir esa puerta que nadie tocaba desde años inmemoriales, una bocanada de aire fresco lo golpeó de lleno en el rostro y el pecho. Allí estaba el hombre, recostado sobre su mesa, y en el libro que tenía abierto ante sí se alcanzaba a leer la palabra “umbral” escrita con caligrafía minuciosa. El muchacho llamó a los vecinos: “vengan”, “vengan”, gritó a voz en cuello mientras del libro salían las guacamayas de colores que sólo se conocen en los mares del sur, salían Islandia y el Taj Mahal y la Tierra del Fuego, y un conejo vestido de etiqueta consultando su reloj de bolsillo, aparte de un globo aerostático y Louis Pasteur junto a su microscopio, y la Muralla China aplastada por la solemnidad de los emperadores, y el Réquiem escrito para sí mismo por un hombre joven que murió de fiebres reumáticas, y la ballena blanca perseguida por un marino hundido en la demencia…

Después, cuando volvió la calma, cuando cada una de las cosas hubo tomado su rumbo cierto y distinto hacia el sitio que llegarían a ocupar en la memoria de los hombres, surgió del libro una última figura. Era leve y venía envuelta en la armonía de sus movimientos, que salían de su fuerza interior, de su serena mirada profunda. Ella era la brisa que detiene el curso de las tempestades, la encrucijada que señala el mejor de los caminos posibles, en sus brazos nacían los vientos alisios, y su sonrisa era un rayo de sol sobre un magnolio cubierto de rocío. “El conocimiento es infinito”, dijo con una voz tranquila, que se oyó como el agua que fluye en los arroyos de los campos. “Cada uno de nosotros lo seguirá como se sigue la corriente de un río que se bifurca. Todos bajarán hasta su orilla, pero no todos se hundirán en sus aguas, algunos lo remontarán con dificultad, pero los más irán corriente abajo, sin que ninguno encuentre jamás su nacimiento o su desembocadura, algunos avanzarán más que otros, algunos se sentarán en una piedra a contemplar el infinito, otros sufrirán la desazón de quien sabe qué debe hacer pero no sabe cómo hacerlo. Pasarán muchos siglos pero algún día llegará el tiempo en que el hombre encontrará la mejor manera de enfrentar sus desafíos, y habrá algunos que sabrán cómo ayudar a los demás a seguir su camino…”

Cuando su figura comenzó a esfumarse en el aire, aquel que la amó por el sólo hecho de verla, quiso saber quién era, y ella, con una voz que se perdió en el tiempo, alcanzó a contestarle: “Me llamo Priscilla Welton. Fui maestra.”

Texto tomado de:

http://carlosalguien.blogspot.com/2010/11/el-rio-de-fernando-garavito.html




miércoles, 19 de enero de 2011

Publicidad, obsolescencia programada y créditos: El camino de la autodestrucción

Sostener el crecimiento infinito de las economías mundiales es una utopía teniendo en cuenta que los recursos naturales son finitos y que empiezan hoy a escasear más que nunca. Esto lo tienen claro los grandes industriales del mundo y los consumidores lo sabemos tácitamente, por lo menos. Sin embargo, unos y otros nos hacemos los de "la vista gorda" ante semejante realidad.

El planeta no aguanta más nuestra exagerada propensión hacia el consumismo. Si hasta hoy, jueves 20 de enero de 2011 a las 2:15 a.m., nuestro mundo no ha estallado en mil pedazos, ha sido por virtud de un verdadero milagro. Ya la Tierra con sus señales inequívocas nos envía un mensaje muy claro: Hombres y mujeres, su osadia de mantener una actitud irresponsable de despilfarro llegó al tope, deben tomar medidas radicales para no seguir incurriendo en ella, de lo contrario, tendré que borrar cualquier vestigio de su existencia en mi superficie.



La publicidad que llega a nuestros cerebros y corazones como inyectada a través de los medios masivos de des-comunicación, de des-información, nos inunda de mensajes capitalistas que nos convierten en dóciles borregos del consumo. Como segunda medida, la macabra estrategia de la obsolescencia programada nos obliga a adquirir periódicamente lo que no necesitamos, cada vez en un menor periodo, luego en uno más corto, otra vez, y otra y otra y otra y otra y otra... Finalmente llegan los créditos, para convertir nuestros sueños en realidad, para hacernos felices con la opotunidad de adquirir, para esclavizarnos a las deudas toda la vida.


Aquí está la oscura estrategia al desnudo. Conocerla tal véz no evitará que caigamos en ella, sin embargo, en caso tal de adoptar para nuestras vidas el mal camino -no tengo que decir cual- lo haremos por un ejercicio estúpido del libre albedrío y no por desconocimiento de causa.
A continuación comparto con ustedes un documental que me abrió los ojos. Espero cause igual o mayor impacto que el generado en mí y los ayude a contribuir en algo a salvar nuestro presente. El futuro no existe.

Comprar, tirar, comprar









Agradezco muchísimo a mi amigo Felipe Ospina por compartir conmigo música e información que me enriquecen como persona.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Fernando Garavito, homenaje póstumo.

Como suele suceder en la mayoría de los casos, la maestría de los maestros solo se reconoce coetánea con la muerte. Con mi primo -y no lo llamo "primo" movido por la intención de vanagloriarme con ello, ya que no puedo ser de manera alguna beneficiario de su mérito- Fernando Garavito, ocurrió igual. Así que hoy, unos algunos días después de sucedida su muerte y luego de darme cuenta de su genialidad a través de la lectura de sus escritos, quiero compartirlos con más personas, pues, me parecen de altísima calidad por su claridad, vehemencia e investigación en la denuncia y buen manejo del idioma.
Comparto entonces tres de ellos:



CIERTAS YERBAS DEL PANTANO.

Por: Fernando Garavito.

(Artículo publicado en la página de opinión de El Espectador, el 27 de agosto del año 2000)

Con bombos y platillos El Tiempo lanzó esta semana a Álvaro Uribe Vélez como su candidato presidencial. Cuatro columnas en primera página, foto desplegada con puño afirmativo y gesto intenso, preguntas concretas, respuestas ambiguas. El candidato anunció que va a asumir la defensa de los colombianos. Muy bien. Pero, ¿quién nos defenderá a los colombianos del candidato?

Su hoja de vida es más bien una hoja de muerte. Fue estudiante pobre del colegio Jorge Robledo, hijo de don Alberto Uribe Sierra, uno de esos personajes de los que está llena la historia de Antioquia, que le ponen la trampa al centavo y viven un poco de echar el cuento, de comprar al fiado, de captar dineros, de deber un poco aquí y un poco en la otra esquina. Pese a que don Alberto se convirtió en el corredor oficioso de finca raíz de ciertas yerbas del pantano y que era ostentoso como una catedral, con helicóptero y rejoneo incluidos, murió más pobre que el padre Casafús, quien fue tal vez el autor del milagro. Porque si no es un milagro, ¿cómo se explica que haya dejado esa inmensa y oportuna riqueza que sacó de problemas a sus tres vástagos, el candidato, el Carepapa y el Pecoso, que hasta el momento habían pasado las duras y las maduras para explicar la procedencia de algunos dinerillos?

Por ese entonces el candidato ya había salido del colegio y había olvidado a ciertas yerbas del pantano que fueron sus compañeros de curso, y que sólo volvieron a saber de él por los éxitos de su carrera política, por las frecuentes noticias del periódico, y por la fotografía que lucían los orgullosos propietarios de La Margarita del Ocho en su salón principal, donde aparecía rodeado por las más importantes ciertas yerbas del pantano, la cual desapareció misteriosamente sin que nadie haya vuelto a dar cuenta de su paradero. Al terminar su bachillerato, el candidato estudió Derecho en la Universidad de Antioquia y comenzó a sostener a los cuatro vientos que él "algún día" llegaría a ser presidente de la República. Y claro, va a serlo, como lo señala su meteórica carrera.

Primero, como representante de Guerra Serna, fue jefe de Bienes de las Empresas Públicas de Medellín, donde atropelló a todo aquel que no quiso vender sus tierras para el desarrollo hidroeléctrico El Peñol-Guatapé. Luego pasó sin pena ni gloria por la Secretaría General del Ministerio del Trabajo. Más adelante, en el gobierno de Turbay Ayala, fue director de Aeronáutica Civil. Allá logró el más acelerado desarrollo que haya tenido la industria aérea en Antioquia. El departamento se vio de pronto cruzado por múltiples pistas y por modernas aeronaves con sus papeles en regla. Durante ese período, fue socio de su director de Planeación, el notable empresario deportivo César Villegas, con quien importó las casas canadienses de madera que ahora lucen con tanto garbo su elegante perfil en las fincas de las más discretas ciertas yerbas del pantano. Pero salió de Aerocivil a raíz de un pequeño escándalo del cual dio cuenta pormenorizada el periódico que ahora apoya su candidatura, y se dedicó de lleno a la política.

Dejó a Guerra Serna con sus rifas de neveras y de electrodomésticos, y se hizo nombrar alcalde de Medellín en el gobierno del poeta Belisario. Allá aprendió a las mil maravillas el ceremonial que oculta la ineficiencia, pero salió sin consideración a sus méritos cuando visitó en el helicóptero oficial a ciertas yerbas del pantano. Después llegó al Congreso en compañía de su primo, Mario Uribe, electo ahora presidente del Senado sin siquiera una mención a su fervor religioso, que fue evidente a sus visitas al Señor Caído, en La Catedral, con credo incluido. Pero ese es un cuento que otro día les cuento.

El candidato fue también gobernador de Antioquia, donde se dedicó a convivir pacíficamente. Allá mostró su entusiasmo neoliberal, que hoy oculta con tanto cuidado: cerró la Secretaría de Obras, dejó cesantes a dieciséis mil empleados, privatizó las Empresas Departamentales de Antioquia, acabó con los hospitales regionales, e inició la privatización de la Empresa Antioqueña de Energía, antes de dilapidar el presupuesto en contratos de pavimentación que nunca logró terminar, y en la venta de futuros de la Empresa de Licores, todo lo cual contribuyó a dejar a Antioquia, que es inmensamente rica, en la ruina total.

Estuvo en Harvard, claro está (¿quién que es candidato no ha estado en Harvard?), donde jugó tenis con Andrés Pastrana mientras Juan Rodrigo Hurtado le hacía las tareas; compró hacienda en Córdoba (¿quién que es candidato no tiene hacienda en Córdoba?) donde quedó bajo la protección de ciertas yerbas del pantano; tuvo un almacén de alimentos y bebidas (¿quién que es candidato no ha tenido un almacén de alimentos y bebidas?) que se llamó "El gran banano"; y terminó por ser el candidato in pectore de los sectores más oscuros, peligrosos y reaccionarios del país. Los cuales, sobra decirlo, no son solamente Enrique Gómez y Pablo Victoria y compañía. También son, Dios nos ampare, las famosas y nunca bien elogiadas ciertas yerbas del pantano.


¡CÁLLENSE YA!

Por: Fernando Garavito



(Artículo publicado en la página de opinión de El Espectador, el 18 de agosto del año 2002)



Esta semana llegaron varias cartas a la Dirección de El Espectador pidiendo mi cabeza. Según esos lectores, el país vive una nueva etapa dentro de la cual un columnista como yo no tiene nada qué hacer. Para ellos soy un amargado, un negativo, un engendro, un despropósito. No sobra anotar que, con base en la suposición de que sus opiniones podrían llegar a ser publicadas, ninguno utilizó los gruesos adjetivos comenzados por hijue y terminados en uta que me endilgaron, seguramente ellos mismos, cuando señalé las curiosas relaciones de los nuevos príncipes con ciertas yerbas del pantano.



A la postre se vino a comprobar -como lo tenía yo comprobado-, que todo era cierto, pero, según parece, esa circunstancia importa poco y nada en un universo pragmático como el nuestro en el que lo único que vale la pena es echar bala. De ahí que reconozco haber perdido olímpicamente el tiempo en esa ocasión, como lo perdí cuando el 20 de mayo del año 2001, denuncié al apoderado del Consorcio Hispano Alemán, señor Londoño Hoyos, por el hecho de haber formulado una demanda arbitral en Panamá en contra del metro de Medellín en la que los colombianos perderemos 1.160 millones de dólares (¡mil ciento sesenta millones de dólares!) con base en una interpretación retorcida de la ley y en un desconocimiento abierto de las disposiciones de la Corte Constitucional.



Pero nada de eso les importa a los lectores de marras, como no tiene por qué importarles que a raíz de mi posición frente al conflicto yo haya tenido que abandonar al país y dejar al garete todo lo mío, sometiendo a mi familia a los azares infames de un exilio sin destino. No. Lo único que a ellos les interesa es que aquí se respira un nuevo clima, que frente a la inexistencia del gobierno anterior este tiene bien amarrados los pantalones, que los paramilitares van a entrar al diálogo político, que se va a remover al Congreso para que en lugar de los testaferros que ahora ocupan el 35 por ciento de los escaños, se pueda elegir al senador Carlos Castaño, al senador Salvatore Mancuso y a todos los demás honorables senadores y representantes, que nuestra pretendida juridicidad se va a ir al diablo, que el genocida del Palacio de Justicia ocupa ahora un alto cargo en la seguridad del Estado, que un individuo al que los Estados Unidos le retiró la visa hasta tanto no aclare su vinculación con el tráfico de precursores químicos con destino al procesamiento de cocaína es el reconocido inventor de nuevos organismos de espionaje, que los índices de desempleo de este pobre país se manejan a través de herramientas tan imbéciles como las de convertir a un millón de colombianos en chivatos e informantes, etcétera, etcétera.



Y para que nada perturbe la tranquilidad del reino, según los acuciosos amigos del Plinio y de los plinios, quienes no pensamos igual tenemos que callarnos. Pues no. No tenemos que callarnos. Y no lo haremos, porque el problema de este país no está en sus gobernantes ocasionales, que hoy son y mañana desaparecen, o en los prestigios mentirosos que hoy detentan y que mañana provocarán toda suerte de arrepentimientos, sino en una estructura inicua que permite mantener un statu quo miserable, hundido hasta el cuello en una hecatombe sin sentido, en el que el crimen sistemático se ha convertido en una norma de conducta.



Porque, si no es de esa manera, ¿quién explica el asesinato de Wilfredo Camargo, o el de Rodrigo Gamboa, o el de Roberto Rojas Pinzón, o el atentado contra Alonso Pamplona, o el secuestro de Gonzalo Ramírez, que se suman a los 93 asesinatos, once atentados, nueve desapariciones forzosas y nueve secuestros cometidos en lo que va del año 2002 contra un grupo de colombianos cuyo único delito es el de ser trabajadores sindicalizados?



El problema, repito, no es Uribe o Samper o Pastrana. El problema es Colombia. Y, que yo sepa, sobre los problemas de este país podemos opinar, mientras tanto, todos los colombianos. Ahora, si no es así, avísenme de inmediato. Porque, entre otras cosas, yo prefiero una y mil veces la literatura. Y la literatura me llama.




LA VIDA ES UNA FIESTA

Por: Fernando Garavito

5 de enero de 2003

Columna que debió ser publicada el 22 de diciembre del año 2002 en la página de opinión de El Espectador, que dio origen a la censura definitiva.

Nota previa.

Lamento informar a ustedes que El Espectador decidió prescindir de mi columna. Lo hizo a través de una llamada de su nuevo director, que recibí hoy lunes, 23 de diciembre, a las 2 de la tarde. Mi último artículo no fue publicado. Ante la posibilidad de que la medida del periódico obedezca al contenido de este último, me gustaría que usted llegara a sus propias conclusiones, por lo cual se lo remito en el archivo adjunto.

Entiendo que en Colombia la libertad de prensa está en peligro, mientras que, frente a la información, la libertad de empresa sigue haciendo de las suyas. No quiero que se piense en mí como en una víctima de la represión de los poderosos grupos económicos que hoy nos manejan, ni como un cordero sacrificado en el altar del unanimismo.

Soy, simplemente, una voz independiente que ha sido censurada.

Cordialmente,

Fernando Garavito.

LA VIDA ES UNA FIESTA

El 15 de octubre del año 2001 el representante Hernando Carvalho le dirigió a Luís Alberto Moreno, embajador de Colombia ante el gobierno de los Estados Unidos, una carta perentoria. En ella le decía que, según noticias publicadas en Miami, Bogotá y Quito, el congresista Ronald Andrade había presentado en el Ecuador una demanda penal contra los miembros del directorio del Banco del Pacífico en los años de 1998 y 1999, acusándolos de aprobar y presentar estados financieros falsos, ocultar a las autoridades la verdadera situación del Banco, y alterar en forma fraudulenta hechos de los cuales la Superintendencia del Ecuador debería estar informada. Carvalho sostuvo que, como presidente de ese directorio, Moreno tendría que responder ante las autoridades de dicho país y, eventualmente, ir a prisión, tal como había sucedido con el ministro de Economía, Jorge Emilio Gallardo, a quien la Corte le había dictado medida de aseguramiento consistente en prisión preventiva. El delito de Gallardo, en ese entonces presidente del Banco, consistía en haber aprobado un fideicomiso por 78 millones de dólares, a favor de los accionistas. Carvalho puso en evidencia al embajador. Usted - le dijo - "me respondió en tres oportunidades que los antiguos accionistas habían perdido toda su inversión, siendo así que el fideicomiso demuestra lo contrario". Ante la ausencia absoluta de una Cancillería, Carvalho le pidió la renuncia a Moreno. Este debió morirse de la risa.

Pero esta es sólo la tapa de esa olla podrida. A lo largo de la investigación se demostró que la intención del embajador había sido la de montar un emporio financiero con base en una empresa, la Westfear, de los Estados Unidos. Para ello contó con la complicidad de Luis Fernando Ramírez, ministro de Defensa de Andrés Pastrana, y de Jacky Bibliowicz, el cerebro de varias operaciones destinadas a enriquecer por debajo de cuerda al príncipe y a sus conmilitones. Dentro de ese propósito, Moreno, Ramírez y Bibliowicz, actuando en nombre propio y, posiblemente, como testaferros, lograron controlar el Banco del Pacífico en el Ecuador. En el año de 1998, cuando comienza la cadena de delitos, Bibliowicz fue miembro del directorio y Moreno presidente del mismo.

El Banco tenía una filial en Colombia. Moreno y Ramírez lograron entonces que la superintendente bancaria de Pastrana, Sara Ordóñez, ordenara fusionarla con el Banco Andino. Aquella no tenía liquidez alguna, lo que llevó a que fuera intervenida. Sin importarle para nada ese pormenor, la directora de Impuestos, Fanny Kertzman, en una acción típicamente antijurídica y culpable, permitió recaudar allí las contribuciones que hicieron en esa época millones de colombianos. Con la autorización entre el bolsillo, Moreno y Ramírez organizaron una campaña publicitaria en la que ofrecieron el oro y el moro a quien pagara en su entidad. Lograron recaudar 110 millones de dólares, con los que se dedicaron a conceder préstamos preferenciales a los socios de las compañías en que tenían intereses. El presidente de la junta directiva era el señor Fernando Londoño, quien debió cohonestar la totalidad de las maniobras. Todo lo cual terminó por desfalcar a los colombianos en una suma que puede calcularse en 35 o 36 millones de dólares. Dinero suyo. Dinero nuestro. Dinero mío.

Pero, como siempre ocurre, todos terminaron por lavarse las manos. El presidente de la Junta, señor Londoño, es hoy el poderoso ministro de la InJusticia. El señor Moreno fue ratificado como embajador de Colombia en los Estados Unidos, cargo desde el cual cuida juiciosamente el buen suceso de sus empresas. La señora Ordóñez fue premiada con un ministerio del que no sabía ni pío. Y la señora Kertzman fue nombrada embajadora de Pastrana en Canadá y ratificada por su excelencia.

Así, la vida es una fiesta. Pero no sobraría saber qué piensan de todo esto las cancillerías ante las cuales nuestros elegantes delincuentes de cuello blanco deben presentarse todos los días.