jueves, 22 de enero de 2009

miércoles, 14 de enero de 2009

Bogotá... ¿sin indiferencia?

Más de treinta años y la capital colombiana sigue igual. Nada ha cambiado. La siguiente es la percepción de mi padre en Julio de 1975...
A Bogotá


Luego de vivir veinte años en Bogotá, no encontré allí apoyo ni favor...


Metrópoli pujante
ciudad capital:
no volveré a buscarte,
ni soñaré en tus parques,
ni dejaré en tus templos
mi humilde petición.


Conmigo fuiste fría
cruel e indiferente
y no me diste nada,
tan solo orfandad.


Quise en tu regazo
incar mi humilde nido
ser de tus entrañas
y no salir jamás.


Más, !hay¡ tu indiferencia
tan solo me ofreciste
el ruido de tus calles
y ese inmenso frío
que sueles padecer.


En tus centros nocturnos
de orgías sin cuento,
se engaña, roba,
se estafa y se mata,
y se mezcla el alcohol
con la trata de blancas.


Y hay mujeres y hay hombres
que se nutren del mal.
Y de noche o de día
al inocente y al bueno
se le entierra el puñal.


Casi siempre que estuve
en tus barrios viviendo,
me amargaste la vida,
me llenaste de horror
y hasta hiciste en mi llanto
demostrar el dolor.


Olvidarte, nunca he podido;
recordarte, siempre lo haré
porque imposible sería
borrar el impacto
de las cosas que ví,
que aprendí y sentí.


Oh ciudad capital:
¿por qué no me diste
un poquito de amor?
¿Por qué tu marcaste
en mi mente el dolor?


Sed, cansancio y hambres
en tus calles sentí,
y si no fuí tan malo
ni a robar aprendí,
se lo debo al Dios bueno
que me quiere para Él.


Hoy, otro cielo
me abriga mejor:
en el campo, en las flores,
en el surco, en las frutas,
en el viento, en las aves,
en los pastos y aguas,
en el sol y el silencio
yo encuentro la paz
y diviso a mi Dios.


Cuando llega a mi mente
el pasado vivido
en tus centros nocturnos,
en tus templos y parques,
y en tus calles tan largas,
y el frío y la escarcha
que en mis huesos sentí,
me acongoja decirlo:
de lo malo que he sido
en tu vientre aprendí.


Daniel Garavito Garzón
En El Castillo, Cerrito, Valle

Para comprobar la percepción de hace 30 años y la de ahora basta acudir a aquellos datos incomensurables que no se pueden plasmar en diagramas y estadísticas, que no tienen en cuenta los números ni son registrados en archivos o bases de información.






Los datos de los que hablo solo pueden generarse y ser percibidos en el interior de los seres humanos, sin embargo, con el vertiginoso ritmo de Bogotá parecen pasar inadvertidos frente a las narices de la minoría de ciudadanos que pueden gozar de una calidad de vida digna en la realidad de la urbe capitalina. De no ser así, hoy estaría en mejores condiciones la gran masa de cachacos y residentes llegados de todas las regiones del país en busca de la anhelada prosperidad. De no ser así, las personas no se estarían muriendo (literalmente) del frío y el hambre en las calles capitalinas. Es increible como en un mismo lugar se puede generar tan particular mezcla de poder e incapacidad, de opulencia y pobreza extrema, de necesidad e indiferencia.

En la Bogotá del 2009, en un recorrido que realice la buseta de transporte público de 100 cuadras tranquilamente pueden subir cuatro o cinco trabajadores de la calle, exponiendo sus tragedias personales y esperando así arrancar por las buenas las monedas que los viajeros han trabajado en el día. Así, con igual sonsonete, se ofrecen todo tipo de confites innecesarios (uno en dos cientos, tres en quinientos, siete en mil), librillos de temas variados, remanentes de los remates de aduana, se canta y hasta se recitan y luego regalan poesías de fácil inspiración escritas en papelitos diminutos. El descontento con las administraciones municipales es entrañable y legítimo, pues, no se pueden palpar los esfuerzos por generar el cambio, aunque digan los dirigentes que son de izquierda y su lema sea "Bogotá sin indiferencia".

La promoción del trabajo digno es principal fórmula de desarrollo y mientras se logra -ya que es más fácil decirlo que lograrlo- se podría evitar la comisión de excesos contra los trabajadores informales por parte de la fuerza pública, teniendo en cuenta al hacer una justa ponderación, que es más importante la supervivencia de una familia que la vulneración del espacio público (cuando se le decomisa a una anciana su carrito de dulces por ocupar la acera equivocada) o la estabilidad física, síquica y emocional de una persona que la vulneración de los derechos de autor (cuando se le decomisa a un vendedor ambulante su colección de discos piratas para ser repartidos entre los mismos funcionarios que los retienen).
Si no cambia lo macro no cambiará lo micro. De ésta manera siempre tendremos una sociedad corrupta mientras la fuerza pública permita el hurto y la comisión de otros delitos a cambio de un porcentaje del botín obtenido por el delincuente, o se usen mañas truculentas para involucrar inocentes en practicas ilegales y extorcionarlos luego con gruesas sumas de dinero a cambio de su absolución, o se sigan asesinando civiles y de esta manera "haciendo limpieza" para obtener resultados positivos y medallas para sus chaquetas.

Están equivocados y siguen equivocados los caudillos que piensan eliminar la drogadicción, el hambre, la indigencia y la miseria con modernos parques del tercer milenio ya que estos pueden ser una solución rápida a la imágen de la urbe pero el problema de fondo sigue latente, porque de esta manera lo único que hacen es desplazar la acechante"purria humana" hacia otros cinturones de pobreza, volviendo más caótica y extensa la ciudad. El combate a ultranza del hambre que corroe el intestino y la educación digna debe ser la seria consigna de las administraciones locales, sin miedo a cumplir el mandato constitucional de destinar la mayor parte del presupuesto a causas sociales y no a otros destinos menos trascendentales. El presupuesto para quienes lo necesitan, sin vestigio alguno de corrupción.






Pobre Bogotá actual, víctima de sus circunstancias como lo son también los miles de mendigos deambulantes por sus calles, atrapados en sus vidas y condenados a vivirlas. Ya que no es culpa de la ciudad lo que hagan sus habitantes con ella y no es culpa de sus ocupantes la falta de oportunidades para elegir una vida mejor. ¿Acaso el ladrón preferiría serlo si tuviera solvencia económica?, ¿acaso el desertor del hogar no preferiría quedarse en su seno si hubiera encontrado en el un poco de amor?, ¿acaso es preferible la escacez a la abundancia, el desasociego a la seguridad, la necesidad a la satisfacción?.

Mientras el hombre siga siendo un lobo para el hombre el problema de la capital no tendrá solución, así mismo el de nuestras demás ciudades, el de latinoamérica y el mundo entero. Seguirá siendo Bogotá, como lo era hace treinta años, una ciudad monstruo que se tragó a mi hermano en la décima con tercera un 8 de febrero de 2003 como lo hace con muchos otros de sus hijos, seguirá siendo una ciudad gris, empolvada, fría, de nariz tapada y ojos llorosos.

La esperanza es lo último que se pierde, por eso mantengo la mía: regresar a una capital colombiana muchísimo mejor que la de hoy, donde las buenas vivencias hicieran olvidar el triste pasado y sus habitantes gocen la cosecha de bendiciones labrada por sus propias manos.