miércoles, 29 de junio de 2011

Franz Kafka, un recorrido desde su humanidad hasta su obra.




Dos meses antes de su muerte en 1924, Franz Kafka le expresó en una frase testamentaria a su entrañable amigo, Max Brod, acerca de su obra literaria,



Todo lo que se encuentre al momento de mi muerte, debe ser quemado sin leerse.







Brod, tomó la sabia determinación que beneficiaría a la humanidad entera, desobedeciendo la perentoria orden. Para justificar su decisión, arguyó con una conversación que ellos mismos tuvieran tiempo atrás:



—Mi testamento será muy sencillo. En él te pido que lo quemes todo, me dijo Franz.



Todavía recuerdo exactamente lo que le respondí en aquella ocasión:

—Si me encargas seriamente eso, te digo desde ahora que no cumpliré tu ruego. Toda la conversación se llevó a cabo en el tono de broma que nos era habitual, pero, sin embargo, con esa secreta seriedad que siempre estaba supuesta entre nosotros. Si Franz hubiera estado verdaderamente persuadido de que me negaría a cumplir su voluntad y si hubiera tomado esas disposiciones verdaderamente en serio y con un carácter definitivo, habría designado otro ejecutor testamentario.








Max Brod






Personalmente, creo que en el fondo, Kafka quería que su obra fuera publicada, así sus palabras dijeran lo contrario. Inclusive, sus hechos denotaban que no deseaba que se cumpliera lo que le expresó a su amigo, porque de lo contrario ¿por qué no quemó todos sus cuentos y novelas él mismo? Sobre el por qué no se atrevió nunca a publicarlas en vida, se explica con un mal que ha afectado a muchos escritores desde siempre: un temor visceral a la exposición irrestricta de su intimidad.

La literatura ha sido catalogada per se como un oficio inútil. Esto se dice, claro está, de la literatura publicada y por lo tanto conocida por gran cantidad de personas. Entonces surgen otras preguntas, ¿qué se puede decir de obras que nunca salen a la luz pública? ¿Para qué le pudieron haber servido sus libros a Franz Kafka en el anonimato eterno?



Hay dos apartes de pensadores que se refieren a Franz y que por medio de sus frases, responden bastante bien a nuestras cuestiones. En primer lugar, Marthe Robert dice,


Kafka no es uno de esos poetas antiguos cuyo canto respondía a las necesidades y aspiraciones de todo un pueblo: es un escritor de hoy día, aislado, en medio de un mundo en el cual hace mucho que la literatura no tiene una función definida, y por consiguiente sin responsabilidad ni misión, libre por su misma inutilidad.



En seguida, citando de nuevo a Max Brod, nos complementa,



El hecho de que a pesar de todo su obra pudiera constituir un poderoso auxiliar para aquellos que aspiraban a la fe, a la naturaleza y a una perfecta salud del alma, no le preocupaba en modo alguno, pues buscaba para sí mismo con implacable seriedad el buen camino y quería mas aconsejarse a sí mismo que aconsejar a los demás.



Osando fusionar los dos anteriores en un solo pensamiento, me atrevo afirmar que Kafka era en realidad una persona muy egoísta, muy egotista; lo era así porque era el único trato que sentía recibir por parte del mundo extraño que lo rodeaba. Pagando entonces tanta carencia de humanidad con la misma moneda. Su auto referencia en primera persona nos lo confirma, cuando él mismo afirmó en muchas ocasiones,



Soy un hombre cerrado, taciturno, poco sociable, descontento, sin que todo ello constituya una infelicidad para mí, ya que es solamente el reflejo de mi meta. De mi modo de vivir en casa se puede sacar alguna deducción. Vivo en familia con personas bonísimas y afectuosas, más extraño que un extraño. Con mi madre no he cambiado en estos últimos años más de veinte palabras de promedio al día; con mi padre, nada más que el saludo. Con mis hermanas casadas y mis cuñados no hablo en absoluto, sin que esto signifique que esté enojado con ellos. El motivo es sencillamente éste: no tengo absolutamente nada que decirles. Todo cuanto no es literatura me hastía y provoca mi odio, porque me molesta o es un obstáculo para mí, por lo menos en mi opinión.



Rebelde como todos los jóvenes, se puede notar no tenía punto de encuentro con aquello que le resultaba desagradable. Por tal razón, al parecer su ensimismamiento nunca cambió, por lo cual trazó con claridad su porvenir,




Contemplado desde el punto de vista de la literatura, mi destino parece bastante simple. El deseo de representar mi fantástica vida interior ha desplazado todo lo demás, y además la ha agotado terriblemente, y sigue agotándola. Ninguna otra cosa podrá jamás conformarme.




Como conducto de una catarsis necesaria para seguir viviendo con minimizadas angustias, empleaba Kafka a la escritura. Por medio de ella podía entonces sacar cuantas penas afligían su existencia. Así que, no al estilo de la caja de pandora –de una sola vez- sino con uno muy propio, poco a poco, fue exorcizando de sí mismo sus demonios en la medida que la tinta manchaba el papel con sus historias fantásticas. Prueba irrefutable de esto es su Carta al padre, la cual empieza,


Querido padre:
Una vez, hace poco, me preguntaste por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe contestarte nada, en parte precisamente por ese miedo que te tengo, y en parte porque en la argumentación de ese miedo entran muchos detalles, muchos más de lo que yo pudiera coordinar hablando. Y si ahora intento contestarte por escrito, mi respuesta resultará de todos modos muy incompleta, porque también al escribir me cohíben frente a ti el miedo y las consecuencias, y porque la magnitud del tema rebasa grandemente mi memoria y mi entendimiento
.






Hermann Kafka, padre de Franz.





Este primer párrafo apenas nos da una pequeñísima pero muy fuerte introducción a la gran fuerza con la cual escribía, natural en una persona que tiene tanta preponderancia a dejar fluir su parte sentimental. Precisamente esta es otra de sus características, el tocar temas tan profundos de una manera tan clara, tan diáfana; tal como si fuera un diálogo por su forma, pero tan profundo como un tratado filosófico. La persona que quizá mejor lo conocía y que estaba en privilegiada posición para interpretarlo –dadas sus aptitudes, pues fue escritor, crítico de arte y periodista- fue su ya nombrado mejor amigo, también de origen judío Max Brod. Acerca de este último tópico resaltado de Kafka dijo,



Su lenguaje es claro como el cristal y en su superficie no se nota más que la aspiración de expresar el objeto correcto y nítidamente. Sin embargo, bajo el vivaz fuego de este límpido arroyo idiomático, fluyen sueños y visiones de profundidad insondable.




Ahora, sobre la escritura de nuestro F.K. se podría decir mucho bueno y en realidad poco negativo. En lo personal, la considero simplemente genial e inigualable. En realidad, me falta muy poco para haber abarcado toda su obra, por lo tanto, con ello puedo decir –en mi humilde concepto de simple lector- que es densa pero envolvente y esto lo demuestra desde sus primeras líneas. Ejemplifiquemos con dos casos excepcionales:


a. La metamorfosis inicia así:



Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto.


Gabriel García Márquez, dice sobre este impactante inicio, que cuando lo leyó por primera vez, sintió una envidia profunda, pues no concebía que se pudiera lograr tal calidad en una sola frase. Dice además, en su autobiografía Vivir para contarla, que luego de esa lectura estuvo intentando como loco escribir algo por lo menos parecido, y que aunque no sea una obra maestra, pero que de tal impulso surgió su primer cuento, La tercera resignación.



Estanislao Zuleta, filósofo, escritor y pedagogo colombiano, dice también sobre el inicio de esta obra maestra:



Cuando uno abre La Metamorfosis y lee sus primeras líneas, hay que interpretar o cerrar el libro. Ahí no se llama a nadie a engaño.



Ésta reflexión la hace el maestro Zuleta dadas las múltiples interpretaciones que se ha hecho de esta obra de Kafka.



b. Veamos nuestro segundo ejemplo, tomado de su obra El proceso,



Alguien tenía que haber calumniado a Josef K, pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo.



Aquí se puede notar otra característica espléndida de su obra, y ella es el hecho de que desde el principio y con muy pocas palabras, dé basta cuenta sobre el resto de la historia. Sin embargo, aunque sepamos desde el primer momento de que tratará, jamás se llegará a un final siempre esperado, pero que es aplazado justo cuando se está más cerca de él. Esta característica la notó el gran Jorge Luis Borges en la obra de Kafka, de la siguiente manera,



Ahora bien, ese procedimiento que se llama regresus in infinitum, Kafka fue el primero, o uno de los primeros, que lo aplicó a la literatura.

Un último pero interesantísimo aspecto a resaltar en la obra de Kafka es el que concierne al mundo onírico, del cual tenía un manejo tremendo por su interés en el tema. Solía inclusive apuntar sus sueños los cuales después refería a las personas con quienes mantenía correspondencia,



La otra noche te soñé, es la segunda vez. Un cartero me traía dos certificadas tuyas y me entregaba una en cada mano con un movimiento magníficamente preciso de los brazos que saltaban como émbolos de una máquina a vapor. Eran cartas mágicas. Podía extraer cuantas hojas quisiera sin que los sobres jamás se vaciaran. Me encontraba a mitad de una escalera y estaba obligado, no te ofendas, a tirar sobre los escalones las hojas ya leídas si quería extraer más de los sobres. Toda la escalera de arriba a abajo estaba cubierta de manojos de hojas y el papel elástico, ligeramente sobrepuesto, enviaba un fuerte murmullo.



Este punto álgido, de verdad que le pone sazón a las obras de Franz. En algunas de ellas, como en La Metamorfosis, El castillo, El proceso y unos de sus cuentos, se puede uno deleitar en un estado maravilloso de ensueño (estado entre dormido y despierto) mágico, donde se difumina la línea entre lo real y lo imaginario.



Por las anteriores razones básicamente, es que Franz Kafka logró enamorarme de la literatura y en él encuentro un aliciente perfecto cada vez que el hastío me aleja de ella.


domingo, 22 de mayo de 2011

Cuando mi reflejo no me corresponde


"...Guillermo Tell, tu hijo creció,
quiere tirar la flecha,
le toca a él probar su valor,
usando tu ballesta..."

ANA Y JAIME, Guillermo Tell.



La ambición corroe a los seres humanos, soy ser humano, por lo tanto soy ambicioso. Yo ambiciono, tu ambicionas, el ambiciona, ella ambiciona, ustedes ambicionan; nosotros, todos ambicionamos. ¿Les parece un párrafo demasiado ambicioso? ¿Les parece un párrafo grotesco? Porque a mí no me parece ni ambicioso ni grotesco. Permítanme mostrarles una realidad que sí lo es:


Desde que nacemos debemos enfrentar un mundo hostil, inmenso e inhóspito, habitado por seres en realidad extraños. Es cierto, estos seres nos engendran y conciben, nos alimentan y procuran nuestro bienestar, nos dan muchas muestras de amor. Sin embargo, en mis momentos de lucidez, cuando mi espíritu se conecta con las verdades universales, mi pensamiento vislumbra una premisa inapelable, que debería ser escrita en mármol, altorrelieve y letras de oro: OJALÁ NO NOS AMARAN TANTO ¿Por qué? Porque el amor está pletórico de dolor. Y ellos en su papel de buenos padres que enseñan con el ejemplo, lo hacen gustosos desde un principio, nos aman dolorosamente ¿O acaso a quién no le ha ocurrido que, contando apenas sus primeros segundos de vida, lo ponen cabeza abajo, recibe sus primeros golpes, llora por primera vez, sufre ante el agobio de la indefensión y como consuelo por tal maltrato, solo escucha a su alrededor risas incontenibles, sinceras carcajadas llenas de lágrimas?


Lo dicho, el amor duele, y me canso de comprobarlo:


Ejemplo número uno; los hommo sapiens primitivos, o sea nosotros hace algunos años, conquistaban su pareja por medio de garrotazos y jaladas de pelo.


Ejemplo número dos; un corazoncito roto con una flechita clavada es el dibujo predilecto de gran cantidad de personas. Cuando no lo plasman en cuadernos, lo hacen en los brazos o lo sienten en carne viva dentro del pecho.


Ejemplo número tres; la música popular parece no encontrar argumentos distintos. Amor, dolor, engaños, desengaños, ilusiones, desilusiones y muchos etcéteras respectivos.


Ejemplo número cuatro; parece ser la regla general, que las dudas suscitadas entre los prospectos para formar una pareja, sean resueltas a favor de quien sea más posesivo, dominante y en cierto modo agresivo con su congénere.


Ejemplo número cinco; infinidad de abusos son soportados a diario dentro de los hogares. Tanto es así, que el saber popular me da la razón en una frase agramatical pero entendible, "porque te quiero te apórrio".


Con la esperanza de no haber aporreado demasiado el lenguaje con lo anterior, el resto del discurso se centrará en el siguiente, pero, no último caso:


Ejemplo número seis; el proceso educativo es un símil casi perfecto de la procesión hecha por el Redentor de los cristianos al Monte Calvario, pues en ambos casos los sacrificados deben expugnar cargas ajenas que van en detrimento de su propia humanidad.


Para dar claridad al anterior caso, procuraremos cavilar sobre algunos aspectos de notoria relevancia:


Alberto Cortéz, artista argentino, en su canción Callejero, pregona sobre su cuadrúpedo amigo "...digo nuestro perro porque lo que amamos, lo consideramos nuestra propiedad...". Hasta este punto, esta sana propiedad a la que se refiere Alberto, denota gran cariño hacia un animal presto a retribuirlo con creces. Nada malo. Sin embargo, esta escena paradisiaca se pervierte cuando entra en escena la ya mencionada ambición y nuevos unos nuevos "objetos de propiedad", los hijos. En este instante, los padres deberían seguir lo dispuesto por los ancianos de nuestra sociedad: ¡Despiérten, los hijos son prestados por un ratico nada más! ¿Imaginan a cuántos humanos haría felices la aplicación de este principio básico? Lástima quie nadie aprende en cabeza ajena.


Contrario al deber ser, nuestra especie es creyente ciega en la plabra divina que nos enviste de facultades superiores por estar hechos a Su imágen y semejanza. Por lo tanto, como la magna obra debe perpetuarse en el tiempo y no puede ser parangón de estancamiento, con serena naturalidad los progenitores ponen en práctica su derecho absoluto de decidir en la vida de sus descendientes próximos, determinándolo todo: aptitudes, actitudes, carácter, estilo de vida, convivencia en pareja, gustos, formación, todo. Ahora, está bien que los padres quieran con fines altruistas, proveer una digna vida a sus hijos, nadie lo niega, pero este derecho natural debe ir hasta donde empiezan los derechos del menor, pues no se puede convertir la preocupación paternal en un síndrome amigo de la sinrazón.


De nuestros padres recibimos el color de los ojos, lo rizado del cabello, la altura, lo aguileño o respingado de nuestra nariz, la tonalidad de nuestra voz ¿Y algo más? Y un poco más; recibimos la instrucción, la educación, las virtudes y valores ¿Y algo más? Y un poco más; el amor o el desamor, el cariño o el desprecio, y dependiendo de si estamos en uno u otro terreno de los últimos, nos ubicaremos en la posición de Héctor Abad Faciolince con su obra El olvido que seremos, o en la posición de Franz Kafka con su Carta al padre. Pero en todo caso, la influencia positiva o negativa de los padres en nuestras vidas es innegable.


Como innegable es también, que al momento de ser cortado el cordón umbilical y respirar por tan siquiera un segundo, obtuvimos personalidad y existencia propias para cumplir una única y superior tarea en el mundo: ser felices. Y este estado preciado solo puede lograrse viviendo cada instante como si fuera el último de nuestra existencia -carpe diem-, este estado solo puede lograrse en medio de la plenitud que brinda el desempeñar un oficio escogido por voluntad propia y no por influencia ajena.



lunes, 31 de enero de 2011

El Río.

Según la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca, este texto inédito de Fernando Garavito fue cedido por el autor a Tejido de Comunicación para que lo publicara en la revista "Carpintero", pero nunca se publicó; se conoce ahora que aparece en la red a través del correo electrónico.

EL RÍO

Cualquier día el río salió de las manos de Dios. Antes no existían las llanuras ni las montañas, y no había riberas ni vertientes, ni pequeños valles para que las aguas descansaran de su agitado ir y venir, ni precipicios para que cayeran en un abismo sin fondo. Entonces el río comenzó a ir a ciegas y a tropezar una vez y mil veces, a enredarse en sus propias aguas y corrientes y a avanzar por un camino sin retorno. Era la época en que las cosas apenas comenzaban y había terremotos y volcanes y los continentes navegaban por las aguas del mar como barcos abiertos con todas las velas desplegadas.

En medio de ese cataclismo el río llegó a todas las regiones, se cobijó bajo todos los cielos, fue él mismo bajo las aguas del mar y él mismo al subir a las cumbres nevadas a tratar de ser eterno bajo la mirada del sol. Fue entonces cuando nacieron los hombres que aprendieron a ir hasta sus orillas a cumplir oficios tan sencillos como descansar o jugar a la pelota, o inventarse lenguajes para poder hablar. Junto a él crecieron palabras transparentes como la palabra agua, o términos para soñar, como la palabra vuelo y la palabra camino, y también la palabra muerte que es el vuelo que no termina jamás. Poco a poco los hombres aprendieron a entrar en el río, a atravesarlo, algunos se aventuraron a ir un poco más allá de la primera curva, muchos se hirieron con las piedras del fondo o hundieron los pies en las arenas o sintieron entre las piernas la caricia estremecedora de las anguilas o se dejaron llevar por la corriente hasta los remolinos, donde terminaron por ahogarse asombrados ante la fuerza misteriosa del conocer y el conocerse. Así, el río fue la sed y fue el agua para saciarla, fue el viaje y el hecho de embarcarse, y la nave y el viento para correr entre las velas. Cierta vez uno de ellos quiso ir hasta el límite. Iba con la mirada que tienen los iluminados, el cayado y la brújula y un zurrón para llevar los alimentos y una honda para cazar y para defenderse del peligro. “Ya volveré”, les dijo a los demás, “cuando sepa qué existe más allá del allá, cuando vea con mis propios ojos qué esconden los meandros, y compruebe cómo las lianas dejan caer su línea dorada desde las copas de los árboles, para que en ellas las mariposas encuentren la forma de ser aéreas en su universo de colores.”

Entonces comenzó a pasar el tiempo hasta que todos lo olvidaron. De vez en cuando alguien tenía sobre él una memoria trémula, que no lograba precisar ni el por qué ni el para qué de un viaje, que en el oficio de los términos alguien llamó odisea, palabra que, tal vez, quiera decir viaje en el laberinto. Pasaron trescientos años, quizás uno más, uno menos, hasta que cierto día un hombre quiso entrar a una casa que no era su casa. En la mirada tenía la visión de las aguas profundas, y su barba estaba poblada de ramas secas y de arbustos, las orejas le habían crecido para oír los sonidos del mundo, y sus palabras decían cosas olvidadas por todos, como catalejo o astrolabio o rosa de los vientos. “Soy el que fui”, dijo el hombre ante los ojos asombrados de quienes recordaban haber oído hablar de él, como una leyenda, que venía desde el tiempo de los abuelos de los abuelos de sus padres. “No alcancé a llegar hasta el fin del mundo que es el sitio donde termina el río, pero en él conocí el fuego misterioso que abriga el corazón de la mujer, y fue en ese corazón donde me sumergí en un misterio infinito; estuve, también, con los cíclopes y con los unicornios; en la tribu de los reducidores de cabezas me senté al pie del estrado donde escriben los autores de dogmas y de doctrinas, y allí comprobé que sus palabras provocan cambios en el curso del río, que se ve obligado a buscar senderos donde el aire no esté contaminado, y vertientes donde no haya espejismos.” “He acumulado en mí –dijo el hombre– el conocimiento del mundo. Debo escribirlo para que quienes vengan después no pierdan esa memoria. Tal vez me demore doscientos años o más en terminarla, pero en ella estará todo lo que es necesario saber, desde la existencia de Dios, al que llamaré con todos los nombres conocidos, hasta los elementos, y las leyes de la física y de la botánica. Comprobaré que la Tierra es plana y que está en el centro de la creación, que el hombre es a su vez el centro de ese centro, y que su conciencia es la que impulsa lo creado y lo que aún está por crearse; describiré los animales, las categorías de los ángeles, los círculos del infierno; precisaré las leyes naturales y me extenderé sobre el trivium y el quadrivium, diré qué es verdad y, al hacerlo, le pondré fin a los cismas y a los sofismas, cualquiera tendrá sobre su mesa el río que recorrí palmo a palmo, al abrir sus páginas encontrará las selvas y las estrellas y oirá los vientos huracanados y las tempestades que se levantan en el centro del mar.” El hombre selló sus labios y se dedicó a su tarea.

En un comienzo todos veían la lucecita de su habitación encendida hasta la madrugada, pero poco a poco fueron olvidándolo mientras cada cual se dedicaba a sus asuntos, los campesinos a sembrar el trigo y a cosechar el milagro del pan en la cocina, los herreros a forjar las coronas del rey y las herraduras de las bestias, la muerte a distribuir las epidemias y a ahondar en el dolor y la miseria. Mucho tiempo después (como esta es una historia antigua ya nadie recuerda las fechas ni las anécdotas), un muchacho quiso atravesar el pueblo acortando camino por las habitaciones. Al abrir esa puerta que nadie tocaba desde años inmemoriales, una bocanada de aire fresco lo golpeó de lleno en el rostro y el pecho. Allí estaba el hombre, recostado sobre su mesa, y en el libro que tenía abierto ante sí se alcanzaba a leer la palabra “umbral” escrita con caligrafía minuciosa. El muchacho llamó a los vecinos: “vengan”, “vengan”, gritó a voz en cuello mientras del libro salían las guacamayas de colores que sólo se conocen en los mares del sur, salían Islandia y el Taj Mahal y la Tierra del Fuego, y un conejo vestido de etiqueta consultando su reloj de bolsillo, aparte de un globo aerostático y Louis Pasteur junto a su microscopio, y la Muralla China aplastada por la solemnidad de los emperadores, y el Réquiem escrito para sí mismo por un hombre joven que murió de fiebres reumáticas, y la ballena blanca perseguida por un marino hundido en la demencia…

Después, cuando volvió la calma, cuando cada una de las cosas hubo tomado su rumbo cierto y distinto hacia el sitio que llegarían a ocupar en la memoria de los hombres, surgió del libro una última figura. Era leve y venía envuelta en la armonía de sus movimientos, que salían de su fuerza interior, de su serena mirada profunda. Ella era la brisa que detiene el curso de las tempestades, la encrucijada que señala el mejor de los caminos posibles, en sus brazos nacían los vientos alisios, y su sonrisa era un rayo de sol sobre un magnolio cubierto de rocío. “El conocimiento es infinito”, dijo con una voz tranquila, que se oyó como el agua que fluye en los arroyos de los campos. “Cada uno de nosotros lo seguirá como se sigue la corriente de un río que se bifurca. Todos bajarán hasta su orilla, pero no todos se hundirán en sus aguas, algunos lo remontarán con dificultad, pero los más irán corriente abajo, sin que ninguno encuentre jamás su nacimiento o su desembocadura, algunos avanzarán más que otros, algunos se sentarán en una piedra a contemplar el infinito, otros sufrirán la desazón de quien sabe qué debe hacer pero no sabe cómo hacerlo. Pasarán muchos siglos pero algún día llegará el tiempo en que el hombre encontrará la mejor manera de enfrentar sus desafíos, y habrá algunos que sabrán cómo ayudar a los demás a seguir su camino…”

Cuando su figura comenzó a esfumarse en el aire, aquel que la amó por el sólo hecho de verla, quiso saber quién era, y ella, con una voz que se perdió en el tiempo, alcanzó a contestarle: “Me llamo Priscilla Welton. Fui maestra.”

Texto tomado de:

http://carlosalguien.blogspot.com/2010/11/el-rio-de-fernando-garavito.html




miércoles, 19 de enero de 2011

Publicidad, obsolescencia programada y créditos: El camino de la autodestrucción

Sostener el crecimiento infinito de las economías mundiales es una utopía teniendo en cuenta que los recursos naturales son finitos y que empiezan hoy a escasear más que nunca. Esto lo tienen claro los grandes industriales del mundo y los consumidores lo sabemos tácitamente, por lo menos. Sin embargo, unos y otros nos hacemos los de "la vista gorda" ante semejante realidad.

El planeta no aguanta más nuestra exagerada propensión hacia el consumismo. Si hasta hoy, jueves 20 de enero de 2011 a las 2:15 a.m., nuestro mundo no ha estallado en mil pedazos, ha sido por virtud de un verdadero milagro. Ya la Tierra con sus señales inequívocas nos envía un mensaje muy claro: Hombres y mujeres, su osadia de mantener una actitud irresponsable de despilfarro llegó al tope, deben tomar medidas radicales para no seguir incurriendo en ella, de lo contrario, tendré que borrar cualquier vestigio de su existencia en mi superficie.



La publicidad que llega a nuestros cerebros y corazones como inyectada a través de los medios masivos de des-comunicación, de des-información, nos inunda de mensajes capitalistas que nos convierten en dóciles borregos del consumo. Como segunda medida, la macabra estrategia de la obsolescencia programada nos obliga a adquirir periódicamente lo que no necesitamos, cada vez en un menor periodo, luego en uno más corto, otra vez, y otra y otra y otra y otra y otra... Finalmente llegan los créditos, para convertir nuestros sueños en realidad, para hacernos felices con la opotunidad de adquirir, para esclavizarnos a las deudas toda la vida.


Aquí está la oscura estrategia al desnudo. Conocerla tal véz no evitará que caigamos en ella, sin embargo, en caso tal de adoptar para nuestras vidas el mal camino -no tengo que decir cual- lo haremos por un ejercicio estúpido del libre albedrío y no por desconocimiento de causa.
A continuación comparto con ustedes un documental que me abrió los ojos. Espero cause igual o mayor impacto que el generado en mí y los ayude a contribuir en algo a salvar nuestro presente. El futuro no existe.

Comprar, tirar, comprar









Agradezco muchísimo a mi amigo Felipe Ospina por compartir conmigo música e información que me enriquecen como persona.